Relato: La fiesta de la embajada


       —¿Por qué cantas Leo, por qué estás hoy tan feliz, que te veo hasta saltar en la cama como un niño?
       No sé Marisilla, no sé. Quizá sea por estar a tu lado, por tu bella sonrisa, por el divino brillo de tus ojos de esmeralda, y la luz de tu rostro cegadora que…
       Un clic en el botón de la radio y la habitación volvió a quedar en silencio. El hombre miró con el gesto hosco al viejo aparato y refunfuñó en voz baja. No aguantaba esos insufribles seriales que a ella tanto le gustaban. El olor a metal quemado le hizo estornudar. Una fina columna de humo se  deslizaba hacía su cara, haciendo que parpadeara y sintiera un escozor en los ojos.

Relato: Dulces vacaciones en Transilvania


       La voz chillona de la guía reclamaba nuestra atención, haciendo que todo el grupo se reuniera en torno a ella. Era una muchacha parlanchina que arrastraba un suave acento húngaro, mezclado con un fluido español, que resultaba muy agradable al oído.
       —¡Señores no se separen de mi lado, por favor! ¡Mi grupo! ¡Mi grupo! —exclamaba Nicoara, la guía rumana que nos mostraba ese día las bellezas de esta zona del país.

Relato: Los tres hijos del Sol


       Hacía más de mil años en que el recuerdo se perdió en el horizonte. Nadie sabía qué eran aquellas construcciones, ni para qué se usaban en la antigüedad. Cuál era su origen o su remoto pasado. El cazador las conocía desde siempre. Su padre las conocía y el padre de su padre. Su familia siempre las había visto y desde muy pequeño, cuando acompañaba a los hombres en sus salidas por la peligrosa tundra helada, siempre estuvieron allí, desafiantes ante el viento glacial que todo lo mata.

       —¿Dime venerable Johngod, si tú sabes qué son? ¿O qué raza de seres las construyeron? —preguntaba el niño, sujetando el arpón de su padre.
       Y Johngod, el más anciano de todos, le miró con los ojos lánguidos, sumidos en un recuerdo borroso que se resistía a nacer en su memoria.

Relato: El genio de la botella


       
     
       Nunca se sabe, cuando te cruzas con alguien por la calle, cómo te cambiará la vida. Este es el caso, que una buena tarde entre semana, andando a buscar a mi mujer, me topé casi de frente con un conocido, de esos que hace que no lo ves desde la caída del muro de Berlín. De una palabra nos fuimos a la otra y así a una cerveza, y a otra, que si no hubiese sido por el reloj, pasamos el día juntos, recordando viejos tiempos. Pero en esas que me lío y no sé cómo, para que le ayudara a vaciar un desván que tenía en su pueblo. Con lo que me gusta a mí revolver en esos sitios llenos de cosas viejas, con arcones y baúles donde husmear, viejos álbumes de fotos y miles de cajones para abrir y registrar. Tal es el caso, que el domingo siguiente allí estaba en su desván, cubierto de polvo hasta las cejas, revolviéndolo todo mientras le ayudaba a bajar tanto cachivache allí amontonado.

Relato: El joven escribano

                       
           —¿A qué te dedicas?
       —Soy escribidor.
       —¿Y no te va bien verdad?
       —No, ¿cómo lo sabes?
       —Intuición…
       La triste procesión de hombres pasó por delante de ellos. Aquellos seres altos y desgarbados, como aves zancudas, que seguían emitiendo un humo incesante tras sus máscaras de pájaro y sus túnicas negras y sucias. 
       El carro con los cadáveres seguía atravesando la calle, tirado por varios hombres rudos y apagados, con el rostro cubierto por trapos ajados. Varios de aquellos pajarracos enmascarados se acercaban a los cadáveres y los rociaban con aquel humo denso y pestilente, mientras el carro se quejaba con el ruido estridente de sus viejas ruedas al moverse entre los húmedos adoquines.

Relato: Sicario




             
       Su puño se estampó con fuerza sobre el rostro macizo del hombre. Los huesos de su cara crujieron como si fueran trozos de madera astillada y un borbotón de sangre salió de su nariz. Fue casi un acto reflejo, una respuesta automática para desembarazarse con rapidez de la presión que sentía en su cuello. Las dos manos del coloso se soltaron y pudo girarse del todo para volver a golpear de forma contundente en su garganta. El gigante exhaló un gemido apagado y se desplomó sobre su rodilla, visiblemente ahogado. El impacto certero en la tráquea le había dejado por un instante sin respiración, su cara tumefacta reflejaba cierto aturdimiento, pero no parecía acabado; aquel esbirro era muy fuerte, y pronto volvería a despejarse y a ser un contrincante formidable. Pero eso no ocurriría. Se puso en pie, y descargó un puñetazo calculado contra su sien derecha. El hombre cayó inconsciente contra el suelo y ya no se movió.

Relato: Roble




       Levantaba sus ojos hacia la luna, sintiendo el suave murmullo de los árboles y la brisa cálida que agitaba las hojas. Los olores lejanos llegaban hasta él; sabía muy bien que eran, los había olido otras veces, pero no así, no de esa forma. Eran agradables, aromáticos y dulces, casi se podían saborear como el jugo de una fruta. El cansancio le vencía y las piernas le mantenían a duras penas de pie a esas horas. Pero debía hacerlo, los rugidos se escuchaban muy cerca, al lado de su gente y el fuego era muy poca protección para todo el grupo.

       Roble, que así le llamaban, se estiró un poco y deslizó la áspera palma de su mano por el palo de su lanza. Tocó la punta de hueso, rústicamente tallada y sujeta con un tendón de ciervo, y suspiró con fuerza. El rugido se alejaba de allí y el peligro parecía desparecer.
       Recordaba el frío implacable y el rostro congelado de su hijo pequeño, con su cuerpecito rígido como una piedra, cuando le tuvo que dejar en lo más agreste del paso de montaña. Ya no tenía lágrimas, la diosa blanca se las había llevado junto con el espíritu del niño. La diosa fría y desapiadada había diezmado a su grupo. Ahora todo era verde, era húmedo y boscoso, era un lugar para vivir, quizá, pero también para albergar a otros seres desesperados como él.
       No debía rendirse, no podía descansar aún. Esa inmensa selva les estaba esperando.
(Un día cualquiera en la vida de uno de aquellos hombres primitivos que escapó de los hielos implacables hacia las zonas más cálidas, en los albores de la prehistoria más remota)